Nota de la directora

Trajes coloridos, sonrisas Colgate, parejas románticas bailando sones tradicionales y tocados con los que ni siquiera Lady Gaga podría soñar… el ballet folklórico pretende ofrecer a su público una muestra de la diversidad cultural de México. Desde el caluroso desierto de Sonora, a las alegres celebraciones en el puerto de Veracruz, a los bailes de cortejo de Jalisco, México aparece en el escenario del ballet folklórico tan mágico y tan grande como una tierra lejana en un cuento de hadas.

A través de un arduo trabajo que incluye horas de clase y ensayos, el ballet folklórico ha logrado colocar el nombre de México al nivel del de países con compañías de danza de renombre mundial como Rusia, Francia y Estados Unidos. A través de sus cuadros, los entrenados bailarines folklóricos retratan patrióticamente la imagen de un “México perfecto” que a menudo incluye tropos como el mariachi, los charros, la china poblana y el noble y salvaje indio.

Como estudiante de primer año del programa Performance as Public Practice de la Universidad de Texas en Austin, estaba ansiosa por estudiar el inigualable ballet folklórico a través de una lente social, cultural e histórica para profundizar mi propia comprensión del estilo de baile tan únicamente mexicano. Mi experiencia como bailarina profesional del Ballet Folclórico Nacional de México me enseñó sobre las horas y la disciplina que se necesita para bailar Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Norte, Veracruz, Jalisco y muchas otras regiones que nunca había tenido el placer de visitar siquiera. Bailar ballet folklórico, pensaba fielmente, era una oportunidad para rescatar la historia y la diversidad cultural de México y yo, una veinteañera, tenía el privilegio de hacerlo.

En mi primer semestre en el posgrado, sin embargo, aprendí rápidamente que las imágenes que pensaba inherentes a la cultura mexicana habían sido concebidas como componentes de «lo Mexicano» en el periodo posrevolucionario por la élite cultural y el gobierno federal en un esfuerzo para unificar el país. Sorprendentemente para mí, todo el concepto de “mexicanidad” había sido completamente inventado para que el gobierno pudiera empaquetarlo y venderlo a un ansioso turista. El mariachi, por ejemplo, fue seleccionado para convertirse en la música nacional y las imágenes del charro, la china poblana, y de cientos de indígenas se imprimieron en postales que se distribuyeron en Europa y Estados Unidos. El ballet folklórico, a su vez, también fue elaborado en la segunda mitad del siglo XX como una forma de pintar esa imagen del “México perfecto” para el resto del mundo. Este “México perfecto”, de hecho, seguía los estándares eurocéntricos de belleza, con grupos compuestos por bailarines altos, delgados y de piel clara moviéndose bajo ideas occidentales de danza profesional y de las bellas artes.

Pensé en lo que significa ser realmente, verdaderamente “mexicano” el día de hoy y me di cuenta de que esta identidad es algo que nosotros, los mexicanos, podemos decidir por nosotros mismos y no se puede generalizar y empaquetar en una bonita caja. Por ejemplo, como mujer y millennial en Reynosa, Tamaulipas –famosa por aparecer en los titulares de los principales periódicos como incubadora de la violencia de los carteles y las drogas– no tuve la experiencia inocua que se describe en los cuadros de ballet folklórico. La vida del mexicano promedio, de hecho, está muy alejada de lo que vemos en el escenario, especialmente en lo que respecta al género, la orientación sexual, el nivel socioeconómico y la raza. Por ejemplo, en el ballet folklórico simplemente no existen personas de diferentes identidades de género y orientaciones sexuales –no vemos imágenes de dos charros bailando juntos en pareja, o una mujer bailando la parte del charro, o una persona no binaria representada en el escenario. Además, hay una representación terriblemente racista y errónea de los afromexicanos y de los indígenas en cuadros como Veracruz y Danza del Venado, respectivamente. Lo más severo, es la discrepancia entre la realidad de las mujeres en México y lo que el ballet folklórico presenta en cuadros como Jalisco, donde el galán charro corteja a la elegante china poblana. El México real es donde prevalecen el machismo y las desigualdades de género, y donde las mujeres son víctimas de violencia sexual todos los días, muchas veces por parte de sus propias parejas. Pero, por supuesto, eso no es lo que vemos en el ballet folklórico. En el «México perfecto» no hay lugar para lo malo y lo feo.

Inspirándonos en el estilo neo-burlesco de Astrid Hadad y utilizando diversos métodos de investigación, los bailarines y yo hemos creado una pieza que explora las múltiples dimensiones de la mexicanidad a través del lenguaje del movimiento del ballet folklórico y las formas de danza contemporánea, con la esperanza de que podamos comenzar a pintar una imagen más honesta de lo que significa ser mexicano, y posiblemente, inspirar a otros artistas a hacer lo mismo. Espero que disfruten de nuestro experimento.